Ed: Frank. / Frank: Huh? / Ed: This hair. / Frank: Yeah. / Ed: You ever wonder about it? / Frank: Whuddya mean? / Ed: I don’t know… How it keeps on coming.

The man who wasn’t there. Ethan & Joel Cohen

Volvamos un momento atrás y ubiquémonos alrededor de los años noventa.  El panorama de danza contemporánea de la vieja Europa se movía en los ecos aparentemente suaves y lívidos de la danza conceptual, empujado con obstinada desazón por las caballeros de la Non-Danse francesa. Detrás de esa fachada de non-faire-trop, sin embargo, corrían ríos de tinta para desemmarañar la operación conceptual de sus gestos. Porque así en la danza como en otras formas artísticas muchos teóricos intuyeron en esas estrategias poéticas no sólo un cuestionamiento de un tiempo, de los trescientos años de progreso que llamamos Modernidad, sino un posible final. Un agotamiento sin vuelta atrás, simbolizado en danza por un cuerpo que cada vez se movía menos. Pero – en un triste recordatorio de la capacidad de resiliencia y reciclaje de los sistemas de poder – la revolución del concepto, el final deseado, no llegó nunca. La postmodernidad de esos noventa se descubrió como un tiempo de espera, un día de la marmota que prometía el apocalipsis cada mañana pero se iba a dormir cada noche con un ‘quizás mañana’.

Este tiempo coincidió con los mejores – los últimos – años de diversos Estados del Bienestar. Para los artistas fueron años de consolidación de derechos y de seguridad, de dignificación del Artista como profesión y de su lugar en el seno de las estructuras institucionales bajo el marco que llamamos Cultura. Progresivamente, el o la artista se convirtió en alguien con muchos derechos y X deberes, merecedor de subvención en función de un programa o una propuesta que revirtiera en la sociedad de una manera razonada y cada vez más complaciente.  

La voluntad revolucionaria de la danza conceptual, ese cuestionamiento del lenguaje desde el lenguaje, del cuerpo desde el cuerpo, se fue perdiendo así en sus propias definiciones: los ríos de tinta ya no servían para preguntarse nada sobre el propio rol en el seno del propio mundo sino para rellenar papeleo burocrático. El resultado de estas propuestas pasaria de ser revulsivo a mero producto o, peor aún, producto abyecto: pagado de sí mismo; a ser tomado en serio y con una supuesta superioridad intelectual para con todo aquel que osara no entenderlo. Y todo ello sin darse cuenta: Creyéndose guerrilleros de la sierra pero siendo en verdad colaboracionistas ingenuos del régimen, los noventa y primeros dos mil fueron años de proliferación de propuestas conceptuales vacías, inocuas. Sin movimiento ni – a pesar de las apariencias – programa.

Muchas excepciones, por suerte: con idearios más humildes y personales (los salvapatrias que todo lo saben antes de empezar no suelen llegar a puerto, mientras que la que busca el camino propio paso a paso tal vez llegue más lejos) abandonaron este cuerpo sobrecargado de significado superfluo para reencontrarlo a continuación como un vehículo para abordar conceptos uno a uno y bajo una luz diferente. Fijémonos en Sociedad Doctor Alonso. Surgida de los pasos dados con la compañía General Eléctrica desde 1996, Tomás Aragay y Sofía Asencio fundaron la Dr. Alonso el año 2001, como “un núcleo abierto y mutante de artistas y como un espacio para la creación, la formación y la reflexión alrededor del hecho escénico “. La caja escénica y el cuerpo que ahí habita – libre este último de palabra y por lo tanto libre de explicación racional – vistos aquí como una probeta de ensayo en la que se pudiera tratar de separar el agua del aceite, o hacer justo lo contrario. Donde los conceptos se pudieran someter a escrutinio por el aparentemente simple hecho de estar desplazados de su lugar original.

Desde entonces, Sociedad Doctor Alonso ha usado este filón de funcionamiento creativo basado en el desplazamiento para reinventarse una y otra vez sin sucumbir a las dinámicas de las todopoderosas Industrias Culturales. Empezando por desplazarse ellos mismos a Pontós, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, para “alejarse del ruido que rodea y uniformiza la creación y el mundo artístico en una gran ciudad como Barcelona”. Manelic, Manelic[1].

Y allí, en Pontós, radicalidades diversas: Como la de mantener el sentido de ligereza; preparar una maleta para tres o cuatro días en cada immersión en vez de ir cargando una caravana conceptual. No se trata, para ellos, de construir estilo o escuela, ni de quedarse, sino de poner al servicio de cada idea lo que la idea les pide. O la radical decisión de tomarse el tiempo por cuenta propia. Porque, como al vino, el tiempo puede dar cuerpo a los espectáculos cuidados con esmero como Introducción a la introducción, donde el concepto de movimiento según la Metafísica de Aristóteles se pone bajo la lupa.

La pieza, estrenada en Cataluña durante el Sismògraf 2014, es una buena muestra de su afán de disección por desplazamiento y al mismo tiempo sirve de ejemplo paradigmático de una generación de excepcionales creadores crepusculares; aunque sólo sea por el título. La generación de los que se pusieron a luchar con una sartén contra el monstruo post-Bú – sí, el de Son Goku, rosa, infantiloide y pop. La de los que dijeron: “¿Que el mundo se acaba? Venga pues, manos a la obra”, pero que no acabaron de encontrar el qué más allá del planteamiento de una idea. O mejor dicho, que encontraron TANTO que ya no sintieron la necesidad de salir de ahí. Introducción tras introducción tras introducción, quedándose en un May-B como Magui Marin o afirmando un Yes! We can’t como hizo William Forsythe, los Doctor Alonso también han hecho de este espacio intersticial entre teoría y creación poética su espacio de devenir. Un espacio después de punto.

O al lado.

O alrededor.

Jordi Ribot Thunnissen

Artículo publicado en el blog del Mercat de les Flors (en catalán) el 10 de febrero de 2016


[1] Manelic es el personaje principal de la obra teatral romàntica del XIX “Terra Baixa”, de Àngel Guimerà. Manelic representa la pureza del hombre de campo, que se resiste a ser corrompido por Sebastiá, el hombre de ciudad.